Irene Cruz, la fotografía de la introspección

Siempre ha sentido que su vida ha estado ligada de alguna manera al arte y que la creación ha formado parte de su desarrollo desde que tiene uso de razón. O por lo menos, eso es lo que Irene Cruz recuerda con más ahínco cuando piensa en el preciso momento en el que decidió que iba a dedicarse al mundo de la fotografía. Recuerda con nitidez, como si de una escena de cine se tratara, a su madre pintar figuras de cerámica y, más tarde, asistiendo con ella al Centro Cultural San Juan Bautista de Madrid. Estás fueron, quizá, el primer contacto de una niña que se convertiría una de las fotógrafas y directoras de fotografía más destacadas de su generación.

“Mi vida siempre la he vivido desde el arte, desde ese lugar siempre me he sentido a salvo. Todo lo que fueran sueños y juegos me gustaban. Al igual que todas las típicas fantasías de la niñez, como el Ratoncito Pérez, los Reyes Magos, o Manolo (el señor de la basura), que se llevaba mis juguetes si no los recogía.”

Irene Cruz nunca llegó a cuestionarse si esos personajes eran reales o no. Para ella, formaban parte de su imaginario y de su vida, poco importaba. Quizás esa es la razón más directa por la que su concepción de la imagen siempre está entre dos mundos: lo natural y lo ficticio.

Decidió seguir su instinto de formarse como artista sin titubear. Al fin y al cabo, debía seguir alimentando el mundo interior que había creado desde pequeña, ese refugio que tanto la entretenía y que, a su vez, aumentaba su seguridad.

“Siempre he disfrutado más de estar sola que con otros niños. Desde luego no era la criatura más social, al menos yo no me recuerdo así.”

¿Se puede decir que el arte se lleva en las venas? Irene lo tiene claro y responde con un rotundo sí. O por lo menos la necesidad de desarrollar la creatividad desde uno mismo es algo que no se aprende. Por eso, no puede señalar de manera exacta a que altura de su vida empezó a sentir curiosidad por la fotografía. Lo que sí nos puede contar es que, a la edad de cinco años, sus padres le regalaron una cámara que se convirtió en su más fiel aliada. Era una extensión más de su brazo, algo imprescindible para ella. Siempre veía a su padre haciendo fotografías durante los viajes, y ella también quería sentir ese poder. Le fascinaba la idea de parar el tiempo y congelar un recuerdo para luego atesorarlo para un futuro. 

Y es que el 90% de las fotografías de Irene Cruz son analógicas. Para ella, la fotografía es un lenguaje para consigo misma y para el exterior, un medio para seguir viviendo y creciendo. Es por ello por lo que, cuando le preguntamos a Irene en qué se centra a la hora de captar una imagen, no puede evitar respondernos que depende de su momento vital. Pero lo que sí puede destacar son sus valores imprescindibles que, inevitablemente, se vuelcan sobre sus fotografías. A veces, incluso, de forma descarada.

Es imposible no darse cuenta de que, para Irene, la cámara, la fotografía, simbolizan algo más que una profesión; es también su relación con su pasado, sus recuerdos, con su niñez y, a su vez, con su presente y todos los momentos vividos que la configuran como ser humano.

“Por desgracia, no conservo mi primera cámara. Se dio a la fuga en una de las excursiones que hacíamos con el colegio y me tuve que quedar sin cámara hasta mi próximo cumpleaños. Pero hoy en día tengo aún la Nikon FA que es con la que mi padre hacía fotos antaño. Puedo decir que es mi cámara favorita, junto con la Fuji GW 690 III”.

“La sinceridad, la autenticidad, ser yo, aportar al mundo eso que sí yo no existiera, no podría ser concebido tampoco. Y, sobre todo, la luz. La fotografía es luz, y la que yo busco siempre es muy característica. En Alemania es muy fácil encontrar lo que quiero. La luz es azul. Por eso me mudé aquí. Me maravilla su frialdad.”

Después de años de trabajo y experiencia, Irene Cruz ha llegado a la conclusión de que, en su opinión, una buena fotografía artística es aquella que expresa lo que a cada uno le inquieta u obsesiona en su mundo interior. El mundo exterior es solo un pretexto para hablar del contenido del fotógrafo o fotógrafa que dispara, al menos, en este tipo de fotografía más introspectiva.

Y así es como Irene comienza a trabajar para realizar un proceso creativo: partiendo de una vivencia que la perturba. La primera idea siempre nace desde su imaginario interior, pero a partir de ahí es imprescindible bombardearse con información externa, con películas, series, libros, etc, hasta el punto de llegar a configurar una imagen de lo que va a ser su proyecto final.

“Lo visualizo, reflexiono sobre algo en concreto, por qué me interesa, y me pregunto sobre él. Dibujo mucho, y eso se lo dedico siempre al gran maestro el escultor Venancio Blanco, que murió hace dos años. Él era mi vecino, y siempre hablábamos muy apasionadamente sobre la importancia del dibujo en todas las artes. Eso para mí (para nosotros) es muy importante.”

Pero en todo proceso creativo, existen zonas de bloqueo, momentos en los que la inspiración nos abandona y no nos deja avanzar. La falta de inspiración pertenece a los artistas tanto como el arte que crean, y no por eso son menos artistas que el resto.

Cuando le hablamos de esto, Irene no puede evitar responder con un verbo que carga de acción toda esta entrevista: FLUIR.

“Si no toca crear, no me fuerzo. Si hoy no apetece, sigo por otro lugar. Leo, escribo, o simplemente miro a las musarañas. Incluso la “nada” ya cuenta algo, me doy un paseo por el bosque... También está bien estar tranquila. Lo que he aprendido esta cuarentena, es que la calma es bonita y necesaria. Fue difícil pasar de mi vida frenética a verlo todo desde un nuevo punto de vista. Lo único imprescindible es mantener los ojos y la mente bien abiertos”.

Y no puede ser de otra manera. Al fin y al cabo, el trabajo de Irene Cruz es un proceso de introspección donde ella expone todos sus miedos y molestias. Por eso, no puede sorprender que la fotografía sea su medio sanador y ese refugio que, desde pequeña, habrá mutado, pero que, en el fondo, sigue siendo el mismo.

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