El lenguaje inclusivo a escena.

La cultura siempre se ha considerado una ventana a la que asomarse para entender la sociedad de otras épocas. A través del teatro que ha llegado hasta nosotros podemos comprender los cambios sociales y, gracias a la perspectiva del tiempo, juzgar y denunciar ciertas acciones que hoy en día consideramos condenables.

Ahora mismo estamos escribiendo la historia. Con nuestro teatro estamos contando a quienes vengan después lo que estamos viviendo y cómo lo estamos haciendo. Y es por eso que yo, como creador, me veo en la obligación de explicar (que no justificar) mi opinión respecto al tema que da título a esta entrada. Hablaré de ello desde el punto de vista social antes de pasar al creativo.

El lenguaje inclusivo nace de la necesidad de incluir, valga la redundancia, a todas las personas en nuestro discurso, tanto escrito como hablado. Sin embargo, desde mi punto de vista, no hay una visión coherente por parte de quienes exigen su uso, y eso hace que pierda fuerza y sentido. Por un lado están los que pretenden visibilizar a la mujer, olvidándose de aquellas personas que no se identifican ni como mujer ni como hombre. Por otro, quienes hacen uso del pronombre elle, la x, el @ y la e para englobarlo todo. Cada quién defiende lo suyo sin tratar de ponerse de acuerdo, y acabas leyendo textos incongruentes que quizá consigan que todo el mundo se identifique, pero a costa de que la lengua pierda su principal utilidad: la comunicación. Por no mencionar que la evolución lingüística, que debería surgir naturalmente en la sociedad, ha pasado casi a imponerse al utilizarse como arma política. Y las armas no son buenas. Nunca. No importa quiénes las usen.

 

En el castellano, a pesar de lo que mucha gente piensa, la inclusión existe. La palabra todos abarca a todas las personas, independientemente de su identidad. Es así porque la sociedad lo ha querido, pues la RAE adopta el lenguaje que la sociedad usa, no lo impone bajo su criterio. ¿Es un reflejo del patriarcado? ¿Convierte esto al castellano en una lengua machista cuyo machismo se extiende a la sociedad, como muchas personas piensan? Lo cierto es que no. El machismo en el castellano se encuentra en otros aspectos, como el uso que hacemos de ciertas palabras femeninas al atribuirte connotaciones negativas, pero no en el género neutro. De hecho, otros idiomas cuentan con un género que se diferencia del masculino y del femenino, y no existe ninguna relación entre esto y el machismo. Como ejemplo, en 2017 las víctimas mortales por violencia de género en Alemania, cuya lengua tiene género neutro, triplicaron a las de España.

¿Qué tiene que ver todo esto con la creación teatral? Mucho. Como decía en las primeras líneas, como artista, tengo que contar la historia de nuestra sociedad, esa que los que vengan después estudiarán, y el lenguaje inclusivo forma parte de esa historia. Sin embargo, no quiero usarlo. No me gusta porque, tal y como se está utilizando actualmente, es un atentado contra la comunicación. Y mi prioridad como artista es comunicar.

 

A la hora de escribir un texto teatral, ¿cómo lo haría de forma totalmente inclusiva sin perder la capacidad de comunicación? Porque repasando las diferentes opciones que proponen quienes defienden el lenguaje inclusivo, me encuentro con algunos problemas. Si desdoblo las palabras (todos y todas, los niños y las niñas, los profesores y las profesoras…) la comunicación pierde fluidez y se alarga innecesariamente, además de excluir a una parte de la población que no se identifica ni con uno ni con otro. El pronombre elle es una palabra inventada. No ha surgido de forma natural, sino que se ha inventado para darle un uso. Podría usarla pero no todos los espectadores lo entenderían, y encima distraería más que otra cosa. Sería como escribir aserejé. Algunos sabrían a qué me estoy refiriendo, pero no significa nada. Si uso @, ¿cómo lo pronuncia el actor? ¿Tú podrías leer en voz alta “l@s alumn@s hablarán con l@s profesor@s”? Con la x pasa lo mismo. ¿Quién se atreve a leer “lxs niñxs de lxs vecinxs”? Es imposible. ¿Qué idioma del mundo tiene palabras que ni sus propios hablantes pueden pronunciar? Y por último, si uso e, estoy hablando en bable. ¿Por qué intentamos inventar algo que ya existe? ¿Por qué no nos ponemos a aprenderlo en lugar de modificar una lengua para que se parezca más a otra? Podría escribir la obra en bable pero no sé, y los espectadores, muy probablemente, tampoco.

¿Significa esto que estoy en contra de la finalidad que persigue el lenguaje inclusivo? No, pero sí de la forma forzada en que se utiliza. De hecho, más que modificar artificialmente nuestra lengua para hacerla más inclusiva, opino que sería conveniente (y muy inclusivo) que se enseñase lengua de signos en las aulas.

 

En definitiva, me imagino la diversidad como la luz que entra en una casa. Para que entre más luz nos hemos propuesto agrandar las ventanas (usar lenguaje inclusivo) cuando el principal problema no son las ventanas sino la orientación de la casa, dando la espalda al sol. Que vivamos en una sociedad machista no es culpa del lenguaje, sino de nuestro comportamiento. Aunque modificar la forma de expresarnos puede ayudar, lo mejor sería atajar el problema desde abajo: mediante la educación y desde la familia. Desde los cimientos de una nueva casa orientada hacia la luz. Por eso, aunque no modifique mi lengua, a través de mi profesión apoyaré la inclusión fomentando la igualdad, contando historias que den visibilidad a minorías y donde la diversidad se muestre justamente y con el respeto que cada persona merece, para que los que vengan después entiendan que ellos también serán parte de la historia y se convertirán en nuestro relevo para seguir contándola.

Juan Jesús Di Manuel.

Actor y productor.

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